Araucarias, médanos, deporte y playa. Despertarse con el ruido de las olas o con el piar de los pájaros no tiene porqué ser exclusivo de las vacaciones.

¿Que el trabajo esté cerca de casa o que casa esté cerca del trabajo? Es la pregunta que tantos nos hacemos una vez que queremos darle un poco de estabilidad a nuestras vidas. ¿Y si buscáramos una solución que no sea tan categórica? ¿Si le diéramos mayor cabida a la innegociable calidad de vida? Trabajar de lo que nos apasiona y vivir en un lugar soñado es posible. En Costa Esmeralda ya hay 26 familias que apostaron por la naturaleza los 365 días del año. Aquí, algunos testimonios

 

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De Pinamar a Costa

María Adela vivía hace seis años en Pinamar, y mudarse a Costa Esmeralda fue un gran cambio. Si bien su nueva casa está a tan solo nueve minutos de su antiguo hábitat, este traslado tuvo muchas más ventajas de las que ella imaginaba. Desde dormir tranquila, sin miedo, y poder dejar a sus trillizas adolescentes en su casa, cuando ella no está, hasta empezar un deporte como el golf, del que jamás imaginó que ella y su familia se volverían poco a poco aficionados.

Su vínculo con Pinamar no se quebró bajo ningún aspecto. Adela y su marido Julio siguen yendo todos los días a la ciudad balnearia para llevar a sus hijas al colegio y atender el consultorio médico del que son dueños. Pero volver, después de una larga y fatigosa jornada laboral a su refugio entre el bosque y los médanos es impagable.

 

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Para Marcelo Roca, el boca en boca fue el puntapié. Cuando un amigo le habló sobre Costa Esmeralda, lo primero que hizo este arquitecto fue buscarlo por Google Earth. Con ese primer pantallazo, Marcelo fue a conocerlo y le encantó. La arquitectura se mezclaba con lo agreste y esa fusión, junto con el mar tan cerca, le causaba fascinación.

En ese momento había sólo 120 casas construidas y este arquitecto de pura cepa vio clarísima su oportunidad: podría conciliar su profesión en este paraíso costero a sólo cuatro horas y media de su estudio en Pilar. La seguridad fue lo que terminó de inclinar la balanza y, en menos tiempo del que creyó, había comprado un lote con el sueño de tener una casa que reflejara su ojo estético: sería su carta de presentación como arquitecto en Costa Esmeralda.

Desde su casa entre los médanos, Marcelo no sólo se dedica a dibujar planos para luego construir, también vivir en Costa le devolvió el tenis donde ahora juega con amigos y clientes. Le queda pendiente dejar su huella en la cancha de golf, lo que considera todo un desafío porque el viento es uno de los mayores retos. Las paellas, pastas caseras o pizzas a la parrilla nunca faltan y, aunque dice ser un desastre para los asados, tiene muy buenos amigos que lo hacen por él. Exquisito disfrute de un lugar soñado para todas las estaciones.

 

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Una decisión instantánea

Indalecio Romero nunca imaginó vivir tan cerca del mar. Hace seis años que eligió la tranquilidad y la seguridad como compañeros de todos los días. Cuando Sol, su mujer, y sus tres hijos conocieron el barrio, la decisión de mudarse fue casi instantánea y, aunque la renuncia más significativa es la distancia con el resto de la familia, lo que ganaron fue una unión mucho más fuerte entre ellos cinco.